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Un Nuevo Modelo Productivo para un Nuevo Modelo de
País.
Estrategias de activación y transformación del mercado laboral
I. IntroducciónLa creciente dificultad de la economía mexicana para generar nuevas
plazas de trabajo se ha convertido en los últimos meses en el tema
central de la agenda pública nacional. Esto no ocurre sin razón,
desde diciembre de 2000 México ha sufrido una pérdida neta de 413
mil plazas de trabajo; desde diciembre de 2000 quienes pierden su
empleo en la economía formal han tenido que incorporarse, en su
mayoría, a la intemperie de la actividad informal para conseguir el
ingreso que sus familias necesitan; y también desde diciembre de
2000 aproximadamente el 23 por ciento de aquellos que tienen un
empleo laboran en esquemas de contratación que no les otorgan las
prestaciones sociales más básicas.
Es cierto que el proceso recesivo de la economía norteamericana
agudizó las dificultades del mercado laboral mexicano, también es
cierto que incluso en los países desarrollados el desempleo se ha
incrementado en cifras récord, sin embargo, lo que NO es cierto -y
en esto quiero ser muy claro- es el argumento que postula que una
eventual reactivación de la economía mundial y el inicio de un nuevo
ciclo de crecimiento económico van a solucionar los problemas de
desempleo que México enfrenta.
México sufre profundos problemas estructurales en la creación de
empleo que no podrán resolverse por la simple llegada de mejores
tiempos para las actividades productivas. Hoy que se han empezado a
generar nuevos empleos en el entorno global, muy pocas de esas
nuevas oportunidades de bienestar corresponden a México, mientras
muchas de ellas son capitalizadas por naciones que nos han rebasado
en términos de competitividad y productividad laboral. Ese es el
verdadero reto y oportunidad que hoy enfrentamos.
Reto porque implica reformar el modelo productivo nacional y los
elementos que lo definen; oportunidad porque una refundación, hoy,
de los procesos laborales podría llevarnos, mañana, a crear una
economía competitiva en el largo plazo y elevarnos a un nuevo
estadio de desarrollo.
Así, debemos tener presente que el modelo productivo nacional
construido sobre la base de mano de obra barata y de baja
capacitación, en adición a la simple cercanía geográfica con el
mercado interno más grande del mundo, los Estados Unidos, se ha
agotado. En un entorno internacional y nacional donde las industrias
de mayor expansión y con los más altos índices de generación de
riqueza se relacionan con la información, el análisis de datos y
procesos industriales altamente tecnificados, la mano de obra barata
y pobremente educada no representa una ventaja, sino el principal
obstáculo para un desarrollo sostenible.
La novena economía mundial no puede construir su futuro sobre los
cimientos de una población nacional que promedia apenas 7.6 años de
escolaridad. La primera economía latinoamericana no puede fincar las
prospectivas de su desarrollo en una competencia con mercados en el
sudeste asiático o en términos de la reducción permanente de
salarios y la producción de grandes volúmenes de bienes de bajo
valor agregado.
II. Empleo y bienestar: el equilibrio ausenteEs dramático que en México nos preocupe la competencia y los costos
sociales y económicos que en nuestra nación tendrán las tendencias
productivas en China, en el sudeste Asiático y en Centro-América. Si
hoy nuestro país se plantea que el reto es competir con las citadas
regiones y economías emergentes, algo debemos estar haciendo muy
mal. El reto no es competir con naciones que se encuentran en las
posiciones más desaventajadas del desarrollo, el reto es iniciar la
inserción de la producción mexicana en mercados con la más alta
rentabilidad y en donde los insumos fundamentales no son la mano de
obra o el transporte a bajo costo.
México no puede plantearse una competencia con regiones donde los
trabajadores enfrentan condiciones muy difíciles y en donde las
ventajas competitivas se construyen con bajos salarios derivados del
gran volumen disponible de individuos en busca de empleo. Hacer esto
implicaría reducir a niveles inaceptables las condiciones de
bienestar alcanzadas durante las siete últimas décadas del siglo XX,
o simplemente aceptar que todos los esfuerzos e inversiones sociales
realizadas en el último siglo fueron en vano y que, en consecuencia,
nuestro nivel de desarrollo es equiparable a las zonas más
empobrecidas del sudeste asiático o el área centroamericana. No
podemos aceptar ninguna de esas dos falsas hipótesis.
Las empresas mexicanas no pueden genera más plazas laborales o pagar
mejores salarios porque ello las llevaría a la quiebra o la
parálisis, sin embargo, tampoco los trabajadores mexicanos pueden
hoy eludir los riesgos crecientes del desempleo y la pobreza dadas
las plazas laborales existentes y los salarios generales promedio
que estas ofrecen, esa es precisamente la ecuación que necesita
resolverse.
Lo anterior lleva a un dilema donde las empresas mexicanas para
sostener su agotado modelo de competitividad deben pagar salarios
por debajo de las expectativas de los individuos, y donde los
individuos no encuentran en el trabajo asalariado una alternativa
para satisfacer sus necesidades básicas o mejorar sus expectativas
de bienestar.
En los últimos tres años el empleo formal no sólo se ha reducido, de
hecho ha empezado a perder el valor social que debiera acompañarlo.
Los ingresos por un empleo formal son demasiado bajos para prevenir
la pobreza, pero demasiado altos para mantener a la economía en una
posición competitiva. Este es el límite estructural que México ha
alcanzado y que no podrá superar sin una refundación completa de su
modelo económico y un nuevo énfasis en la formación de capital
humano.
México tiene hoy dos alternativas básicas para atender el problema
del desempleo presente y la creación de empleos futuros. La primera
implica adoptar una posición pasiva y esperar que el ciclo económico
por sí solo o por factores externos recupere su faceta positiva y,
mientras tanto, limitarse a crear paliativos sociales a través del
gasto público. La segunda opción implica aceptar el compromiso y
riesgo de transformar el mercado laboral y productivo mexicano para
volver a dar un rol central a la creación de capital humano y al
desarrollo de una economía vinculada con procesos de alto valor
agregado.
Si hoy nuestro país enfrenta problemas para crear los empleos que la
población requiere, debemos imaginar las dramáticas consecuencias
que tendrá el incremento sostenido de la demanda por plazas de
trabajo en las próximas dos décadas hasta alcanzar una expansión
máxima en 17 años. Si México no inicia hoy la transformación seria y
definitiva de su modelo productivo y de empleo, en muy poco tiempo
empezaremos a ver los costos sociales de esa decisión, y la solución
a un problema estructural en ningún caso descansa en el incremento
irresponsable del gasto público para producir un alivio de corto
plazo.
III. La posición del capital humano en el desarrollo nacional:
recuento mínimoHoy el modelo productivo nacional no es intensivo ni en capital
humano, ni en mano de obra calificada. México no acompaña su
posición como la novena economía del mundo con avances comparables
en industrias de alto valor agregado, y tampoco lo hace en la
creación de un sector tecnológico y de servicios altamente
desarrollado. Para la mayoría de las agencias internacionales,
México es un país subdesarrollado en términos de las actividades
económicas que el mercado mundial privilegia actualmente. ¿Cómo
llegamos a esa posición?
La respuesta es parcialmente histórica. El desarrollo mexicano ha
sido de forma dominante un desarrollo reactivo antes que proactivo,
un desarrollo condicionado por oportunidades eventuales y a veces
ajenas a la concepción de un plan de desarrollo autónomo de largo
plazo.
El primer intento sistemático de industrialización y modernización
económica nacional tuvo lugar en la década de los 40 bajo el
denominado Modelo de Sustitución de Importaciones. La Segunda Guerra
Mundial abrió las puertas para que la economía nacional empezara a
producir los bienes que el mercado mundial demandaba y para los
cuales existía poca competencia. México construía su ventaja
competitiva tomando posiciones en sectores productivos que las
economías desarrolladas no podían atender dado el esfuerzo de guerra
y la reconstrucción de postguerra.
El eventual renacimiento económico de los Estados Unidos y de Europa
Occidental, desde la década de los 50 y hasta inicio de la década de
los 80, paulatinamente desplazó a la economía mexicana hacia áreas
poco competitivas o que resultaban poco atractivas para las
economías dominantes. Mientras las economías desarrolladas avocaban
sus recursos a áreas de actividad con fuertes demandas de capital
financiero y, sobre todo, capital humano; México parcialmente empezó
a tomar posiciones en actividades industriales y manufactureras
marginales en la que dichos insumos no eran esenciales.
A partir de la década de los 90 el ciclo empezó a hacerse aún más
claro. Mientras los Estados Unidos concentraba sus esfuerzos en la
creación de tecnología (el denominado IT Sector), análisis de
información, servicios y otros sectores de lo que se ha definido
como la era post-industrial, donde la alta calificación de la mano
de obra es esencial; nuestro país se concentró en procesos
económicos e industriales simples, de bajo valor agregado y en los
que el capital humano no es esencial y, en contraste, el bajo costo
de la mano de obra y la cercanía geográfica son ventajas
comparativas cruciales.
México, por decirlo de algún modo, ha quedado en medio de dos
modelos productivos sin ventajas obvias en ninguno de ellos. El reto
hoy es reorientar a nuestro país hacia alguno de las dos esquemas
generadores de riqueza, y creo que todos coincidimos que la opción
aceptable es la que exige un nuevo modelo productivo construido
alrededor del capital humano y que nos permita acceder al primer
círculo de la producción económica, para abandonar así nuestra
posición marginal en la creación de bienestar.
IV. Alternativas disponiblesObviamente, apelar únicamente a una estrategia de largo plazo en la
creación de empleo resulta socialmente irresponsable. Para muchas
familias la ausencia de empleo remunerado es una problemática que
requiere respuestas inmediatas. Sin embargo, las respuestas
inmediatas que se presenten deben diseñarse en un marco de
reorientación de largo plazo que dé sentido integral a los
esfuerzos, recursos y reformas que en todo tiempo se destinen a
crear empleos.
Propongo actuar simultáneamente en seis áreas estratégicas.
Estímulos a la demanda interna. Mejora de la competitividad.
Redistribución de los espacios laborales. Incentivos de mercado en
la creación de empleo y, sobre todo, activación del mercado laboral
y control estricto de la calidad y pertinencia de las credenciales
educativas y de empleo.
Estímulos a la demanda agregada
Hoy, la atención a los síntomas más dramáticos de la recesión del
modelo productivo mexicano, implica que el gobierno debe estimular
la demanda agregada. Lo anterior no necesariamente implica aumentar
el gasto público, dado que la deseada estimulación puede y, es
deseable, que se aplique a través de exenciones fiscales al consumo
de bienes que son intensivos en el empleo para su producción. El
estímulo a la demanda agregada debe ser iniciado por el gobierno,
pero guiado por el mercado. Necesitamos hoy un catálogo de los
bienes y servicios que generan el mayor número de empleos y por la
vía fiscal mejorar su posición en el consumo nacional de forma
transitoria.
Mejoras a la competitividad
México, en el último año y según la OECD, ha perdido por lo menos
dos posiciones en el ranking mundial de competitividad económica.
Para atender esta problemática, disponemos hoy de dos opciones
básicas. Un ajuste competitivo de nuestra moneda, lo cual es poco
deseable dadas las amargas experiencias en esta área de la política
monetaria y el sano apego de México a un tipo de cambio libre. La
segunda opción es la reducción de los salarios mínimos de la mano de
obra en México, algo que sería socialmente inaceptable. Así, la
única alternativa disponible es mejorar el esquema fiscal mexicano
para simplificarlo, volverlo más transparente y ligero para las
compañías y empresas. La reforma fiscal que elimine la evasión
sistemática, que incremente la base fiscal y disminuya las
contribuciones individuales es la única opción viable en esta área
estratégica para la creación de empleo
Redistribución de los espacios laborales
La redistribución de los espacios laborales considera dos opciones.
Adelantar la edad de retiro es la primera de ellas, sin embargo, en
México ello sólo expondría a las inclemencias del mercado a un nuevo
sector del mercado laboral y crearía aún más desempleo. La
alternativa posible y deseable en esta área es acortar, por lo menos
de forma transitoria, la semana de trabajo o los ciclos laborales
diarios, para permitir la inclusión de nuevos individuos sin
incrementar los costos de producción. El empleo, sobre todo en
tiempos de recesión, debe ser redistribuido a favor de quienes no
poseen uno.
Incentivos de mercado en la creación de empleo
La primera de las estrategias de largo plazo requiere crear
incentivos permanentes a la creación de empleo y la movilidad
laboral. En México dichos esfuerzos pasan directamente por una mayor
desregulación del mercado laboral que permita ajustes más flexibles
de la economía y carreras laborales más versátiles de los
trabajadores. México requiere un marco laboral que defina
protecciones sociales efectivas y deje de invocar prestaciones que
no se cumplen, pero que sí complican el desarrollo económico. El
primer objetivo de la regulación laboral debe ser la creación de
empleo, y no la protección de grupos privilegiados que mantiene su
empleo aún sin ser eficientes.
Las medidas ya referidas pueden instrumentarse en el corto plazo, si
las fuerzas políticas llegan a acuerdos y consensos mínimos. Sin
embargo, la solución verdadera al problema de la creación de empleo
en México reside en los dos elementos finales de una estrategia
integral, esto es, la activación del mercado laboral y el control
estricto de la calidad y pertinencia de las credenciales educativas
y de empleo.
Activación del mercado laboral: capital humano y credenciales
educativas para el trabajo
La distribución del capital humano del que actualmente disponemos es
especialmente interesante y tiene consecuencias productivas
importantes. Si buscamos a la mano de obra más calificada, o al
menos con las mejores credenciales educativas, probablemente la
encontraremos en el sector público de la economía.
El sector público en todos sus niveles y facetas provee fuentes de
ingreso para no más del 6 por ciento de la población nacional, sin
embargo, en el sector público se concentran la abrumadora mayoría,
casi dos tercios del total, de los mexicanos que poseen un titulo
universitario. También en el sector público encontramos la densidad
más alta de individuos con estudios medios superiores. En contraste,
según cifras de empleo del IMSS, el sector privado de nuestra
economía, esto es, el más estrechamente relacionado con la
producción, se integra básicamente con personas con estudios
primarios o secundarios, con una densidad muy baja de individuos con
estudios medios-superiores o superiores. Esta ecuación debe cambiar.
No es posible que la mayor parte de la inversión escasa y complicada
que el país genera en capital humano se inserte en el sector público
y no colabore en la transformación del sector privado.
Adicionalmente, en México nos encontramos con una trampa educativa
en donde los individuos sólo pueden optar por abandonar sus estudios
después del nivel secundario o se ven en la necesidad de proseguir
hasta obtener un título universitario. Lo anterior debido a que
nuestro modelo de movilidad social no ha sabido prestigiar las
opciones técnicas que el país requiere con urgencia para crear así
mano obra calificada en procesos productivos complejos.
En nuestro país, quien desea llevar a cabo procesos productivos de
alto valor agregado debe contratar y entrenar a personas con
importantes deficiencias educativas y pobres estudios primarios o
secundarios, incurriendo así en fuertes costos económicos; o bien
debe contratar a personas con títulos universitarios que tampoco
conocerán los procesos técnicos necesarios y que probablemente
implicarán un sobreprecio en el mercado laboral. Así, tenemos mano
de obra sub-calificada o sobre-calificada, pero en ningún caso la
mano de obra que pueda favorecer la creación de empleo para la mayor
parte de la población nacional.
En este punto el desfase del sistema educativo y el mercado laboral
es obvio. El sistema educativo mexicano en realidad nunca ha
enfrentado, salvo en momentos como este en el que el desempleo
alcanza niveles importantes, una presión real para eslabonarse con
la demanda laboral o la expansión económica. La razón es muy simple,
hasta ahora, como ya lo expresé, el modelo productivo mexicano no ha
sido intensivo en capital humano y, por tanto, los procesos del
sistema educativo han sido básicamente irrelevantes para un mercado
laboral que se integra por personas con la educación básica.
En México es lugar común decir que es necesario incrementar la
matriculación en niveles superiores de la educación, sin embargo en
nuestro país el 12 por ciento de la población mayor de 15 años tiene
educación superior. Lo anterior nos coloca en niveles comparables al
de las economías desarrolladas. NO, no nos hacen falta
universitarios si observamos solamente los números, sin mirar la
calidad de las credenciales educativas que poseen. Lo mismo ocurre
con otros profesionales que si bien concluyen su educación, tiene
normalmente fallidas transiciones hacia la vida laboral.
Lo que este fenómeno refleja es que las credenciales que el sistema
educativo genera no son aceptadas o validadas por el mercado
laboral, y la razón obvia para que esto ocurra es que el sistema
educativo no es confiable como un filtro de estratificación y
selección de habilidades individuales, y mucho menos como un
generador prestigiado de la mano de obra que el mercado
efectivamente demanda.
Hoy, una industria nacional que ha seguido un modelo lejano al uso
intensivo de capital humano, tiene en la dislocación de sus
relaciones con el sistema educativo un incentivo adicional para no
optar por procesos que requieren mano de obra altamente calificada.
Así, pues, si México desea transformar su modelo productivo tiene
dos opciones básicas o dominantes ya probadas en distintos ambientes
culturales, regionales y económicos a seguir: el modelo
organizacional y el modelo ocupacional, y ambos modelos exigen la
reforma y sincronización efectiva y definitiva del sistema educativo
y el mercado laboral como instrumento privilegiado para la creación
de empleo y la expansión económica.
V. Modelos organizacionales y modelos ocupacionalesEl modelo organizacional es dominante en los Estados Unidos, el
Reino Unido y encuentra su ejemplo más puro y exitoso en Japón. El
modelo ocupacional está presente en Francia, es dominante en
Alemania y tiene su ejemplo más notable en Singapur. En cualquier
caso, estos dos modelos de organización productiva o transformación
de modelos productivos requieren reconocer que tanto el sistema
educativo como el mercado laboral deben seguir intereses comunes sin
volverse uno u otro el campo exclusivo de elites, grupos o
facciones.
Veamos primero el modelo organizacional. El modelo organizacional
reconoce que cada empresa organizará sus procesos productivos de
forma autónoma e independiente. Por tanto, a cambio de flexibilidad
en la adopción de sus rutinas de trabajo y organización de procesos
industriales, comerciales o tecnológicos, cada empresa debe dedicar
recursos al entrenamiento de personal. Sin embargo, dicho
entrenamiento es complementario y depende de forma crucial de un
sistema educativo que produzca credenciales confiables para cada
nivel de educación.
En un modelo organizacional el sistema educativo genera las señales
que permiten a las empresas seleccionar al personal según los
distintos niveles de habilidad requeridos y con base únicamente en
el talento individual que una credencial educativa debe reflejar.
Del mismo modo un pacto organizacional protege a los individuos que
estudian estableciendo cuál es la demanda real del mercado laboral
de forma clara y sencilla, de esta manera en la decisión de su ruta
educativa cada estudiante puede evaluar claramente los riegos y
oportunidades, los beneficios y costos que enfrentará al escoger una
ruta educativa y laboral específica, en comparación con otras
disponibles. En México el desarrollo de un acuerdo organizacional
implicaría, primero, una gran reforma del sistema educativo para
hacerlo confiable y con estándares efectivos para reflejar
habilidades individuales y esto, a su vez, aceleraría la creación en
el mercado laboral de procesos productivos competitivos por su
calidad y complejidad, y no simplemente por mano de obra barata y
cercanía geográfica.
El modelo ocupacional es una opción radical del modelo
organizacional, y si bien ha probado ser muy eficiente para generar
expansiones rápidas y exitosas del mercado laboral y
transformaciones económicas profundas, lo cierto es que requiere
grandes consensos nacionales que parecen, por el momento, estar
ausentes en la agenda de la responsabilidad política de muchos de
los principales actores públicos.
El modelo ocupacional favorece sobre todo la educación vocacional y
la formación de profesionales técnicos. En Alemania y Singapur el
modelo ocupacional también ha exigido que las empresas adopten
procesos productivos similares, de tal forma que cuando un individuo
culmina su educación en cualquier nivel, ella o él están listos para
empezar a trabajar en cualquier empresa que opere en el ramo para el
cual se estudió. Esto obviamente ahorra a empresas y empleadores el
costo del entrenamiento de personal, lo cual es muy atractivo en
países con recurso limitados, pero plantea un esfuerzo de los
sectores productivos y educativos para homogeneizar tareas y
compartir conocimientos gerenciales. Lo anterior no es imposible
pero demandaría el establecimiento un gran contrato social y
económico nacional para la creación de empleo.
Al inicio de esta sección referí los ejemplos notables de Japón y
Singapur, y no quiero en ningún caso plantear que esas naciones sean
equiparables con México. Existen claramente profundas diferencias
culturales, geográficas y económicas. Sin embargo, debemos mantener
presente es que ambas naciones en poco tiempo y con recursos muy
limitados -a través de modelos organizaciones u ocupacionales-
fueron capaces de dejar atrás su desarrollo inicial como modelos
productivos construidos sobre la base de mano de obra barata y
supieron enfrentar con éxito la transición a economías intensivas en
capital humano, que ahora compiten en los sectores más rentables de
la industria, que generan empleos suficientes para su población y
que han dejado de estar a la intemperie de los ciclos económicos.
A las estrategias 6 estrategias ya referidas se debe sumar un
elemento adicional de valor crítico. Como ya lo he expresado en
otras oportunidades, el desarrollo nacional pasa directamente por el
aprovechamiento de las ventajas institucionales que un acuerdo
federal genera.
Hoy, se debe permitir que lo estados compitan entre ellos en la
activación de su mercado laboral y en el eslabonamiento de su modelo
educativo y de empleo. La regulación laboral debe volver a ser una
regulación estatal, para que cada estado detone las ventajas
regionales y locales a su disposición. Es un hecho probado que
cuando dentro de un país se permite a los estados competir en el
mercado laboral, se crean más empleos sin deteriorar con ello la
protección social de sus ciudadanos.
La normativa fiscal que afecta al mercado laboral debe regresar a
los estados. Lo anterior previene la creación de proteccionismos
corporativos, favorece la eficiencia en el diseño de la norma y
permite respuestas flexibles en cada región, para lograr así una
distribución más homogénea de las oportunidades de empleo en el
territorio nacional. Además, un nuevo federalismo laborar
fortalecerá el vínculo democrático entre las demandas ciudadanas y
las capacidades y responsabilidades de una autoridad local para
responder a ellas.
En suma, México requiere un catálogo de las áreas productivas
intensivas en empleo que de forma transitoria recibirán facilidades
fiscales plenas para mejorar su posición competitiva. Requerimos
también una reforma fiscal en el área laboral que otorgue nuevos
poderes a los estados y mejore la competitividad nacional, dada la
imposibilidad moral de reducir los salarios mínimos o a protección
social.
Debemos, por lo menos en el corto plazo, redistribuir mejor las
oportunidades de empleo que existen en el mercado, y ello
probablemente implicará reducir la jornada laboral.
Asimismo, en la búsqueda de soluciones permanentes, debemos apostar
por una disminución en la sobre-regulación del mercado laboral y
favorecer que lo estados puedan efectivamente competir en el diseño
de sus marcos laborales y sus facultades para atraer inversión.
Finalmente, el empleo y la educación deben volver a vincularse, lo
que requerirá la creación de un organismo capaz de garantizar
estándares nacionales en todos lo niveles de educación, exámenes
nacionales de habilidades educativas, una norma nacional entre
empleo y credenciales educativas, entre otros rubros. Este organismo
debe crear un vínculo real entre la formación académica y el mercado
laboral, y debe tener competencia para direccionar la demanda
educativa hacia las áreas con mejores prospectivas de empleo.
VI. Conclusión: el empleo como la mejor forma de política socialEn México quien se ve forzado a aceptar un empleo de baja calidad,
en la mayoría de los casos no encontrará en ese empleo una
oportunidad de movilidad social o futuro bienestar. El verdadero
reto para México es reposicionar al empleo y la obtención de un
trabajo en el sector formal como una fuente de oportunidades de
vida. Insisto, en México el empleo empieza a perder su valor más
allá de una mera fuente de subsistencia.
En México existe evidencia de empleos que representan una trampa
para la movilidad social. El crecimiento del sector informal está
trasformando “la trampa del desempleo cíclico” en “la trampa de un
empleo de supervivencia” que restringe otras formas de participación
social que un individuo debería tener a su alcance.
Un empleo es necesario y es la mejor forma de política social. Sin
embargo, no todos los empleos posibilitan que un trabajo cumpla con
sus tareas como instrumento fundamental para prevenir la pobreza y
detonar los potenciales de un individuo, motivándolo en su cometido
diario y proporcionándole canales de movilidad social y de mejora de
su bienestar.
En México la mayoría de los empleados del sector formal perciben
entre 2 y 3 salarios mínimos mensuales, ello sin duda los aleja de
la pobreza extrema, pero no previene que esos individuos no
enfrenten grandes limitaciones en su desarrollo humano. En México el
jefe de familia típico con sus de 46 años de edad promedio tiene que
sostener a 3 hijos con menos de 10 mil pesos trimestrales y sabe que
sus posibilidades de movilidad en la estructura productiva son
nulas, pues en el 60 por ciento de los casos no ascenderá más de dos
niveles más allá del nivel en el que inicialmente se insertó en un
trabajo.
El supuesto de que la generación de empleo previene la pobreza sólo
se cumple si un trabajo provee una fuente estable y adecuada de
ingreso y, más importante, si ese empleo favorece el desarrollo de
habilidades laborales, gerenciales y educativas que prevengan el
desempleo en el largo plazo. Una porción significativa de los
empleos que hoy se crean en México no proveen dichas oportunidades
y, de hecho, empleos de “baja calidad”, por decirlo de algún modo,
agudizan la pobreza y la marginación social. Quienes hoy quieren
crear artificialmente plazas de trabajo, con deuda pública y
subsidios, en realidad quieren crear empleos de baja calidad, antes
que enfrentar el reto de reformas complejas y con frutos difíciles
de cosechar.
Es el momento de que México deje atrás un modelo laboral del tercer
mundo porque ya no es un país del tercer mundo. Es el momento de que
México deje de competir mediante el sacrificio de su bienestar y
empiece a competir en términos de una renovada productividad de sus
trabajadores.
El reto es dejar de ubicarnos en las zonas marginales de la
producción mundial. Esta es la oportunidad de colocar México en el
centro de la actividad económica contemporánea, en las zonas más
rentables y con mayor nivel de creación de empleo. México tiene en
esta crisis de desempleo la gran oportunidad de avanzar a una nueva
y superior etapa de desarrollo, si es que hoy tenemos la honestidad,
la decisión y la franqueza para aceptar que debemos cambiar la forma
como México produce y la forma en la que nuestra economía genera
empleos.
El objetivo de un gobierno mexicano democrático y socialmente
responsable debe ser evitar que los dilemas y desventajas sociales
se vuelvan permanentes, y debe evitar que los ciudadanos se vean
marginados de su participación plena en la comunidad por la falta de
acceso a posibilidades de desarrollo. Hoy cumplir con esa tarea
significa tener el valor y la decisión política para reformar
nuestro mercado laboral y nuestro sistema educativo para beneficio
de esta generación y de la que habrá de heredarnos.
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