PUBLICACIONES


Un Nuevo Modelo Productivo para un Nuevo Modelo de País.

Estrategias de activación y transformación del mercado laboral

I. Introducción

La creciente dificultad de la economía mexicana para generar nuevas plazas de trabajo se ha convertido en los últimos meses en el tema central de la agenda pública nacional. Esto no ocurre sin razón, desde diciembre de 2000 México ha sufrido una pérdida neta de 413 mil plazas de trabajo; desde diciembre de 2000 quienes pierden su empleo en la economía formal han tenido que incorporarse, en su mayoría, a la intemperie de la actividad informal para conseguir el ingreso que sus familias necesitan; y también desde diciembre de 2000 aproximadamente el 23 por ciento de aquellos que tienen un empleo laboran en esquemas de contratación que no les otorgan las prestaciones sociales más básicas.

Es cierto que el proceso recesivo de la economía norteamericana agudizó las dificultades del mercado laboral mexicano, también es cierto que incluso en los países desarrollados el desempleo se ha incrementado en cifras récord, sin embargo, lo que NO es cierto -y en esto quiero ser muy claro- es el argumento que postula que una eventual reactivación de la economía mundial y el inicio de un nuevo ciclo de crecimiento económico van a solucionar los problemas de desempleo que México enfrenta.

México sufre profundos problemas estructurales en la creación de empleo que no podrán resolverse por la simple llegada de mejores tiempos para las actividades productivas. Hoy que se han empezado a generar nuevos empleos en el entorno global, muy pocas de esas nuevas oportunidades de bienestar corresponden a México, mientras muchas de ellas son capitalizadas por naciones que nos han rebasado en términos de competitividad y productividad laboral. Ese es el verdadero reto y oportunidad que hoy enfrentamos.

Reto porque implica reformar el modelo productivo nacional y los elementos que lo definen; oportunidad porque una refundación, hoy, de los procesos laborales podría llevarnos, mañana, a crear una economía competitiva en el largo plazo y elevarnos a un nuevo estadio de desarrollo.

Así, debemos tener presente que el modelo productivo nacional construido sobre la base de mano de obra barata y de baja capacitación, en adición a la simple cercanía geográfica con el mercado interno más grande del mundo, los Estados Unidos, se ha agotado. En un entorno internacional y nacional donde las industrias de mayor expansión y con los más altos índices de generación de riqueza se relacionan con la información, el análisis de datos y procesos industriales altamente tecnificados, la mano de obra barata y pobremente educada no representa una ventaja, sino el principal obstáculo para un desarrollo sostenible.

La novena economía mundial no puede construir su futuro sobre los cimientos de una población nacional que promedia apenas 7.6 años de escolaridad. La primera economía latinoamericana no puede fincar las prospectivas de su desarrollo en una competencia con mercados en el sudeste asiático o en términos de la reducción permanente de salarios y la producción de grandes volúmenes de bienes de bajo valor agregado.

II. Empleo y bienestar: el equilibrio ausente

Es dramático que en México nos preocupe la competencia y los costos sociales y económicos que en nuestra nación tendrán las tendencias productivas en China, en el sudeste Asiático y en Centro-América. Si hoy nuestro país se plantea que el reto es competir con las citadas regiones y economías emergentes, algo debemos estar haciendo muy mal. El reto no es competir con naciones que se encuentran en las posiciones más desaventajadas del desarrollo, el reto es iniciar la inserción de la producción mexicana en mercados con la más alta rentabilidad y en donde los insumos fundamentales no son la mano de obra o el transporte a bajo costo.

México no puede plantearse una competencia con regiones donde los trabajadores enfrentan condiciones muy difíciles y en donde las ventajas competitivas se construyen con bajos salarios derivados del gran volumen disponible de individuos en busca de empleo. Hacer esto implicaría reducir a niveles inaceptables las condiciones de bienestar alcanzadas durante las siete últimas décadas del siglo XX, o simplemente aceptar que todos los esfuerzos e inversiones sociales realizadas en el último siglo fueron en vano y que, en consecuencia, nuestro nivel de desarrollo es equiparable a las zonas más empobrecidas del sudeste asiático o el área centroamericana. No podemos aceptar ninguna de esas dos falsas hipótesis.

Las empresas mexicanas no pueden genera más plazas laborales o pagar mejores salarios porque ello las llevaría a la quiebra o la parálisis, sin embargo, tampoco los trabajadores mexicanos pueden hoy eludir los riesgos crecientes del desempleo y la pobreza dadas las plazas laborales existentes y los salarios generales promedio que estas ofrecen, esa es precisamente la ecuación que necesita resolverse.

Lo anterior lleva a un dilema donde las empresas mexicanas para sostener su agotado modelo de competitividad deben pagar salarios por debajo de las expectativas de los individuos, y donde los individuos no encuentran en el trabajo asalariado una alternativa para satisfacer sus necesidades básicas o mejorar sus expectativas de bienestar.

En los últimos tres años el empleo formal no sólo se ha reducido, de hecho ha empezado a perder el valor social que debiera acompañarlo. Los ingresos por un empleo formal son demasiado bajos para prevenir la pobreza, pero demasiado altos para mantener a la economía en una posición competitiva. Este es el límite estructural que México ha alcanzado y que no podrá superar sin una refundación completa de su modelo económico y un nuevo énfasis en la formación de capital humano.

México tiene hoy dos alternativas básicas para atender el problema del desempleo presente y la creación de empleos futuros. La primera implica adoptar una posición pasiva y esperar que el ciclo económico por sí solo o por factores externos recupere su faceta positiva y, mientras tanto, limitarse a crear paliativos sociales a través del gasto público. La segunda opción implica aceptar el compromiso y riesgo de transformar el mercado laboral y productivo mexicano para volver a dar un rol central a la creación de capital humano y al desarrollo de una economía vinculada con procesos de alto valor agregado.

Si hoy nuestro país enfrenta problemas para crear los empleos que la población requiere, debemos imaginar las dramáticas consecuencias que tendrá el incremento sostenido de la demanda por plazas de trabajo en las próximas dos décadas hasta alcanzar una expansión máxima en 17 años. Si México no inicia hoy la transformación seria y definitiva de su modelo productivo y de empleo, en muy poco tiempo empezaremos a ver los costos sociales de esa decisión, y la solución a un problema estructural en ningún caso descansa en el incremento irresponsable del gasto público para producir un alivio de corto plazo.

III. La posición del capital humano en el desarrollo nacional: recuento mínimo

Hoy el modelo productivo nacional no es intensivo ni en capital humano, ni en mano de obra calificada. México no acompaña su posición como la novena economía del mundo con avances comparables en industrias de alto valor agregado, y tampoco lo hace en la creación de un sector tecnológico y de servicios altamente desarrollado. Para la mayoría de las agencias internacionales, México es un país subdesarrollado en términos de las actividades económicas que el mercado mundial privilegia actualmente. ¿Cómo llegamos a esa posición?

La respuesta es parcialmente histórica. El desarrollo mexicano ha sido de forma dominante un desarrollo reactivo antes que proactivo, un desarrollo condicionado por oportunidades eventuales y a veces ajenas a la concepción de un plan de desarrollo autónomo de largo plazo.

El primer intento sistemático de industrialización y modernización económica nacional tuvo lugar en la década de los 40 bajo el denominado Modelo de Sustitución de Importaciones. La Segunda Guerra Mundial abrió las puertas para que la economía nacional empezara a producir los bienes que el mercado mundial demandaba y para los cuales existía poca competencia. México construía su ventaja competitiva tomando posiciones en sectores productivos que las economías desarrolladas no podían atender dado el esfuerzo de guerra y la reconstrucción de postguerra.

El eventual renacimiento económico de los Estados Unidos y de Europa Occidental, desde la década de los 50 y hasta inicio de la década de los 80, paulatinamente desplazó a la economía mexicana hacia áreas poco competitivas o que resultaban poco atractivas para las economías dominantes. Mientras las economías desarrolladas avocaban sus recursos a áreas de actividad con fuertes demandas de capital financiero y, sobre todo, capital humano; México parcialmente empezó a tomar posiciones en actividades industriales y manufactureras marginales en la que dichos insumos no eran esenciales.

A partir de la década de los 90 el ciclo empezó a hacerse aún más claro. Mientras los Estados Unidos concentraba sus esfuerzos en la creación de tecnología (el denominado IT Sector), análisis de información, servicios y otros sectores de lo que se ha definido como la era post-industrial, donde la alta calificación de la mano de obra es esencial; nuestro país se concentró en procesos económicos e industriales simples, de bajo valor agregado y en los que el capital humano no es esencial y, en contraste, el bajo costo de la mano de obra y la cercanía geográfica son ventajas comparativas cruciales.

México, por decirlo de algún modo, ha quedado en medio de dos modelos productivos sin ventajas obvias en ninguno de ellos. El reto hoy es reorientar a nuestro país hacia alguno de las dos esquemas generadores de riqueza, y creo que todos coincidimos que la opción aceptable es la que exige un nuevo modelo productivo construido alrededor del capital humano y que nos permita acceder al primer círculo de la producción económica, para abandonar así nuestra posición marginal en la creación de bienestar.

IV. Alternativas disponibles

Obviamente, apelar únicamente a una estrategia de largo plazo en la creación de empleo resulta socialmente irresponsable. Para muchas familias la ausencia de empleo remunerado es una problemática que requiere respuestas inmediatas. Sin embargo, las respuestas inmediatas que se presenten deben diseñarse en un marco de reorientación de largo plazo que dé sentido integral a los esfuerzos, recursos y reformas que en todo tiempo se destinen a crear empleos.

Propongo actuar simultáneamente en seis áreas estratégicas. Estímulos a la demanda interna. Mejora de la competitividad. Redistribución de los espacios laborales. Incentivos de mercado en la creación de empleo y, sobre todo, activación del mercado laboral y control estricto de la calidad y pertinencia de las credenciales educativas y de empleo.

Estímulos a la demanda agregada

Hoy, la atención a los síntomas más dramáticos de la recesión del modelo productivo mexicano, implica que el gobierno debe estimular la demanda agregada. Lo anterior no necesariamente implica aumentar el gasto público, dado que la deseada estimulación puede y, es deseable, que se aplique a través de exenciones fiscales al consumo de bienes que son intensivos en el empleo para su producción. El estímulo a la demanda agregada debe ser iniciado por el gobierno, pero guiado por el mercado. Necesitamos hoy un catálogo de los bienes y servicios que generan el mayor número de empleos y por la vía fiscal mejorar su posición en el consumo nacional de forma transitoria.

Mejoras a la competitividad

México, en el último año y según la OECD, ha perdido por lo menos dos posiciones en el ranking mundial de competitividad económica. Para atender esta problemática, disponemos hoy de dos opciones básicas. Un ajuste competitivo de nuestra moneda, lo cual es poco deseable dadas las amargas experiencias en esta área de la política monetaria y el sano apego de México a un tipo de cambio libre. La segunda opción es la reducción de los salarios mínimos de la mano de obra en México, algo que sería socialmente inaceptable. Así, la única alternativa disponible es mejorar el esquema fiscal mexicano para simplificarlo, volverlo más transparente y ligero para las compañías y empresas. La reforma fiscal que elimine la evasión sistemática, que incremente la base fiscal y disminuya las contribuciones individuales es la única opción viable en esta área estratégica para la creación de empleo

Redistribución de los espacios laborales

La redistribución de los espacios laborales considera dos opciones. Adelantar la edad de retiro es la primera de ellas, sin embargo, en México ello sólo expondría a las inclemencias del mercado a un nuevo sector del mercado laboral y crearía aún más desempleo. La alternativa posible y deseable en esta área es acortar, por lo menos de forma transitoria, la semana de trabajo o los ciclos laborales diarios, para permitir la inclusión de nuevos individuos sin incrementar los costos de producción. El empleo, sobre todo en tiempos de recesión, debe ser redistribuido a favor de quienes no poseen uno.

Incentivos de mercado en la creación de empleo

La primera de las estrategias de largo plazo requiere crear incentivos permanentes a la creación de empleo y la movilidad laboral. En México dichos esfuerzos pasan directamente por una mayor desregulación del mercado laboral que permita ajustes más flexibles de la economía y carreras laborales más versátiles de los trabajadores. México requiere un marco laboral que defina protecciones sociales efectivas y deje de invocar prestaciones que no se cumplen, pero que sí complican el desarrollo económico. El primer objetivo de la regulación laboral debe ser la creación de empleo, y no la protección de grupos privilegiados que mantiene su empleo aún sin ser eficientes.

Las medidas ya referidas pueden instrumentarse en el corto plazo, si las fuerzas políticas llegan a acuerdos y consensos mínimos. Sin embargo, la solución verdadera al problema de la creación de empleo en México reside en los dos elementos finales de una estrategia integral, esto es, la activación del mercado laboral y el control estricto de la calidad y pertinencia de las credenciales educativas y de empleo.

Activación del mercado laboral: capital humano y credenciales educativas para el trabajo

La distribución del capital humano del que actualmente disponemos es especialmente interesante y tiene consecuencias productivas importantes. Si buscamos a la mano de obra más calificada, o al menos con las mejores credenciales educativas, probablemente la encontraremos en el sector público de la economía.

El sector público en todos sus niveles y facetas provee fuentes de ingreso para no más del 6 por ciento de la población nacional, sin embargo, en el sector público se concentran la abrumadora mayoría, casi dos tercios del total, de los mexicanos que poseen un titulo universitario. También en el sector público encontramos la densidad más alta de individuos con estudios medios superiores. En contraste, según cifras de empleo del IMSS, el sector privado de nuestra economía, esto es, el más estrechamente relacionado con la producción, se integra básicamente con personas con estudios primarios o secundarios, con una densidad muy baja de individuos con estudios medios-superiores o superiores. Esta ecuación debe cambiar. No es posible que la mayor parte de la inversión escasa y complicada que el país genera en capital humano se inserte en el sector público y no colabore en la transformación del sector privado.

Adicionalmente, en México nos encontramos con una trampa educativa en donde los individuos sólo pueden optar por abandonar sus estudios después del nivel secundario o se ven en la necesidad de proseguir hasta obtener un título universitario. Lo anterior debido a que nuestro modelo de movilidad social no ha sabido prestigiar las opciones técnicas que el país requiere con urgencia para crear así mano obra calificada en procesos productivos complejos.

En nuestro país, quien desea llevar a cabo procesos productivos de alto valor agregado debe contratar y entrenar a personas con importantes deficiencias educativas y pobres estudios primarios o secundarios, incurriendo así en fuertes costos económicos; o bien debe contratar a personas con títulos universitarios que tampoco conocerán los procesos técnicos necesarios y que probablemente implicarán un sobreprecio en el mercado laboral. Así, tenemos mano de obra sub-calificada o sobre-calificada, pero en ningún caso la mano de obra que pueda favorecer la creación de empleo para la mayor parte de la población nacional.

En este punto el desfase del sistema educativo y el mercado laboral es obvio. El sistema educativo mexicano en realidad nunca ha enfrentado, salvo en momentos como este en el que el desempleo alcanza niveles importantes, una presión real para eslabonarse con la demanda laboral o la expansión económica. La razón es muy simple, hasta ahora, como ya lo expresé, el modelo productivo mexicano no ha sido intensivo en capital humano y, por tanto, los procesos del sistema educativo han sido básicamente irrelevantes para un mercado laboral que se integra por personas con la educación básica.

En México es lugar común decir que es necesario incrementar la matriculación en niveles superiores de la educación, sin embargo en nuestro país el 12 por ciento de la población mayor de 15 años tiene educación superior. Lo anterior nos coloca en niveles comparables al de las economías desarrolladas. NO, no nos hacen falta universitarios si observamos solamente los números, sin mirar la calidad de las credenciales educativas que poseen. Lo mismo ocurre con otros profesionales que si bien concluyen su educación, tiene normalmente fallidas transiciones hacia la vida laboral.

Lo que este fenómeno refleja es que las credenciales que el sistema educativo genera no son aceptadas o validadas por el mercado laboral, y la razón obvia para que esto ocurra es que el sistema educativo no es confiable como un filtro de estratificación y selección de habilidades individuales, y mucho menos como un generador prestigiado de la mano de obra que el mercado efectivamente demanda.

Hoy, una industria nacional que ha seguido un modelo lejano al uso intensivo de capital humano, tiene en la dislocación de sus relaciones con el sistema educativo un incentivo adicional para no optar por procesos que requieren mano de obra altamente calificada.

Así, pues, si México desea transformar su modelo productivo tiene dos opciones básicas o dominantes ya probadas en distintos ambientes culturales, regionales y económicos a seguir: el modelo organizacional y el modelo ocupacional, y ambos modelos exigen la reforma y sincronización efectiva y definitiva del sistema educativo y el mercado laboral como instrumento privilegiado para la creación de empleo y la expansión económica.

V. Modelos organizacionales y modelos ocupacionales

El modelo organizacional es dominante en los Estados Unidos, el Reino Unido y encuentra su ejemplo más puro y exitoso en Japón. El modelo ocupacional está presente en Francia, es dominante en Alemania y tiene su ejemplo más notable en Singapur. En cualquier caso, estos dos modelos de organización productiva o transformación de modelos productivos requieren reconocer que tanto el sistema educativo como el mercado laboral deben seguir intereses comunes sin volverse uno u otro el campo exclusivo de elites, grupos o facciones.

Veamos primero el modelo organizacional. El modelo organizacional reconoce que cada empresa organizará sus procesos productivos de forma autónoma e independiente. Por tanto, a cambio de flexibilidad en la adopción de sus rutinas de trabajo y organización de procesos industriales, comerciales o tecnológicos, cada empresa debe dedicar recursos al entrenamiento de personal. Sin embargo, dicho entrenamiento es complementario y depende de forma crucial de un sistema educativo que produzca credenciales confiables para cada nivel de educación.

En un modelo organizacional el sistema educativo genera las señales que permiten a las empresas seleccionar al personal según los distintos niveles de habilidad requeridos y con base únicamente en el talento individual que una credencial educativa debe reflejar.

Del mismo modo un pacto organizacional protege a los individuos que estudian estableciendo cuál es la demanda real del mercado laboral de forma clara y sencilla, de esta manera en la decisión de su ruta educativa cada estudiante puede evaluar claramente los riegos y oportunidades, los beneficios y costos que enfrentará al escoger una ruta educativa y laboral específica, en comparación con otras disponibles. En México el desarrollo de un acuerdo organizacional implicaría, primero, una gran reforma del sistema educativo para hacerlo confiable y con estándares efectivos para reflejar habilidades individuales y esto, a su vez, aceleraría la creación en el mercado laboral de procesos productivos competitivos por su calidad y complejidad, y no simplemente por mano de obra barata y cercanía geográfica.

El modelo ocupacional es una opción radical del modelo organizacional, y si bien ha probado ser muy eficiente para generar expansiones rápidas y exitosas del mercado laboral y transformaciones económicas profundas, lo cierto es que requiere grandes consensos nacionales que parecen, por el momento, estar ausentes en la agenda de la responsabilidad política de muchos de los principales actores públicos.

El modelo ocupacional favorece sobre todo la educación vocacional y la formación de profesionales técnicos. En Alemania y Singapur el modelo ocupacional también ha exigido que las empresas adopten procesos productivos similares, de tal forma que cuando un individuo culmina su educación en cualquier nivel, ella o él están listos para empezar a trabajar en cualquier empresa que opere en el ramo para el cual se estudió. Esto obviamente ahorra a empresas y empleadores el costo del entrenamiento de personal, lo cual es muy atractivo en países con recurso limitados, pero plantea un esfuerzo de los sectores productivos y educativos para homogeneizar tareas y compartir conocimientos gerenciales. Lo anterior no es imposible pero demandaría el establecimiento un gran contrato social y económico nacional para la creación de empleo.

Al inicio de esta sección referí los ejemplos notables de Japón y Singapur, y no quiero en ningún caso plantear que esas naciones sean equiparables con México. Existen claramente profundas diferencias culturales, geográficas y económicas. Sin embargo, debemos mantener presente es que ambas naciones en poco tiempo y con recursos muy limitados -a través de modelos organizaciones u ocupacionales- fueron capaces de dejar atrás su desarrollo inicial como modelos productivos construidos sobre la base de mano de obra barata y supieron enfrentar con éxito la transición a economías intensivas en capital humano, que ahora compiten en los sectores más rentables de la industria, que generan empleos suficientes para su población y que han dejado de estar a la intemperie de los ciclos económicos.

A las estrategias 6 estrategias ya referidas se debe sumar un elemento adicional de valor crítico. Como ya lo he expresado en otras oportunidades, el desarrollo nacional pasa directamente por el aprovechamiento de las ventajas institucionales que un acuerdo federal genera.

Hoy, se debe permitir que lo estados compitan entre ellos en la activación de su mercado laboral y en el eslabonamiento de su modelo educativo y de empleo. La regulación laboral debe volver a ser una regulación estatal, para que cada estado detone las ventajas regionales y locales a su disposición. Es un hecho probado que cuando dentro de un país se permite a los estados competir en el mercado laboral, se crean más empleos sin deteriorar con ello la protección social de sus ciudadanos.

La normativa fiscal que afecta al mercado laboral debe regresar a los estados. Lo anterior previene la creación de proteccionismos corporativos, favorece la eficiencia en el diseño de la norma y permite respuestas flexibles en cada región, para lograr así una distribución más homogénea de las oportunidades de empleo en el territorio nacional. Además, un nuevo federalismo laborar fortalecerá el vínculo democrático entre las demandas ciudadanas y las capacidades y responsabilidades de una autoridad local para responder a ellas.

En suma, México requiere un catálogo de las áreas productivas intensivas en empleo que de forma transitoria recibirán facilidades fiscales plenas para mejorar su posición competitiva. Requerimos también una reforma fiscal en el área laboral que otorgue nuevos poderes a los estados y mejore la competitividad nacional, dada la imposibilidad moral de reducir los salarios mínimos o a protección social.

Debemos, por lo menos en el corto plazo, redistribuir mejor las oportunidades de empleo que existen en el mercado, y ello probablemente implicará reducir la jornada laboral.

Asimismo, en la búsqueda de soluciones permanentes, debemos apostar por una disminución en la sobre-regulación del mercado laboral y favorecer que lo estados puedan efectivamente competir en el diseño de sus marcos laborales y sus facultades para atraer inversión. Finalmente, el empleo y la educación deben volver a vincularse, lo que requerirá la creación de un organismo capaz de garantizar estándares nacionales en todos lo niveles de educación, exámenes nacionales de habilidades educativas, una norma nacional entre empleo y credenciales educativas, entre otros rubros. Este organismo debe crear un vínculo real entre la formación académica y el mercado laboral, y debe tener competencia para direccionar la demanda educativa hacia las áreas con mejores prospectivas de empleo.

VI. Conclusión: el empleo como la mejor forma de política social

En México quien se ve forzado a aceptar un empleo de baja calidad, en la mayoría de los casos no encontrará en ese empleo una oportunidad de movilidad social o futuro bienestar. El verdadero reto para México es reposicionar al empleo y la obtención de un trabajo en el sector formal como una fuente de oportunidades de vida. Insisto, en México el empleo empieza a perder su valor más allá de una mera fuente de subsistencia.

En México existe evidencia de empleos que representan una trampa para la movilidad social. El crecimiento del sector informal está trasformando “la trampa del desempleo cíclico” en “la trampa de un empleo de supervivencia” que restringe otras formas de participación social que un individuo debería tener a su alcance.

Un empleo es necesario y es la mejor forma de política social. Sin embargo, no todos los empleos posibilitan que un trabajo cumpla con sus tareas como instrumento fundamental para prevenir la pobreza y detonar los potenciales de un individuo, motivándolo en su cometido diario y proporcionándole canales de movilidad social y de mejora de su bienestar.

En México la mayoría de los empleados del sector formal perciben entre 2 y 3 salarios mínimos mensuales, ello sin duda los aleja de la pobreza extrema, pero no previene que esos individuos no enfrenten grandes limitaciones en su desarrollo humano. En México el jefe de familia típico con sus de 46 años de edad promedio tiene que sostener a 3 hijos con menos de 10 mil pesos trimestrales y sabe que sus posibilidades de movilidad en la estructura productiva son nulas, pues en el 60 por ciento de los casos no ascenderá más de dos niveles más allá del nivel en el que inicialmente se insertó en un trabajo.

El supuesto de que la generación de empleo previene la pobreza sólo se cumple si un trabajo provee una fuente estable y adecuada de ingreso y, más importante, si ese empleo favorece el desarrollo de habilidades laborales, gerenciales y educativas que prevengan el desempleo en el largo plazo. Una porción significativa de los empleos que hoy se crean en México no proveen dichas oportunidades y, de hecho, empleos de “baja calidad”, por decirlo de algún modo, agudizan la pobreza y la marginación social. Quienes hoy quieren crear artificialmente plazas de trabajo, con deuda pública y subsidios, en realidad quieren crear empleos de baja calidad, antes que enfrentar el reto de reformas complejas y con frutos difíciles de cosechar.

Es el momento de que México deje atrás un modelo laboral del tercer mundo porque ya no es un país del tercer mundo. Es el momento de que México deje de competir mediante el sacrificio de su bienestar y empiece a competir en términos de una renovada productividad de sus trabajadores.

El reto es dejar de ubicarnos en las zonas marginales de la producción mundial. Esta es la oportunidad de colocar México en el centro de la actividad económica contemporánea, en las zonas más rentables y con mayor nivel de creación de empleo. México tiene en esta crisis de desempleo la gran oportunidad de avanzar a una nueva y superior etapa de desarrollo, si es que hoy tenemos la honestidad, la decisión y la franqueza para aceptar que debemos cambiar la forma como México produce y la forma en la que nuestra economía genera empleos.

El objetivo de un gobierno mexicano democrático y socialmente responsable debe ser evitar que los dilemas y desventajas sociales se vuelvan permanentes, y debe evitar que los ciudadanos se vean marginados de su participación plena en la comunidad por la falta de acceso a posibilidades de desarrollo. Hoy cumplir con esa tarea significa tener el valor y la decisión política para reformar nuestro mercado laboral y nuestro sistema educativo para beneficio de esta generación y de la que habrá de heredarnos.

Referencias bibliográficas básicas

Aguila, E. (2001) “Effects of the Mexican Pension Reform on Consumption and Savings Patterns”, mimeo, UCL-Department of Economics.
Allmendinger, J. (1999) ‘Educational Systems and Labour Market Outcomes’, European Sociological Review, 5:231-250.
Arum, R. and Hout, M. (1998) ‘The Early Returns: The Transition from School to Work in the United States’, in Müller, W. and Shavit, Y. (1998) From School to Work. A Comparative Study of Educational Qualifications and Occupational Destinations, Oxford: Clarendon Press.
Arum, R. and Shavit, Y. (1995) ‘Secondary Vocational Education and the Transition from School to Work’, Sociology of Education, 68:187-204.
Carrillo, U. (2003) Active social policy, social contractualism and the New Welfare State: challenges and opportunities for the Mexican case”, University of Oxford, Department of Social Policy, forthcoming.
Clasen, J. (1999) Comparative Social Policy. Concepts, Theories and Methods, Oxford, Blackwell
Esping-Andersen, et.al. (2002) Why we need a New Welfare State, Oxford, OUP.
Griffin, L. et al. (1981) ‘Determinants of Early Labour Market Entry and Attainment: A Study of Labour Market Segmentation’, Sociology of Education, 54:206-221.
Ishida, H. (1998) ‘Educational Credentials and Labour-Market Entry Outcomes in Japan’, in Müller, W. and Shavit, Y. (1998) From School to Work. A Comparative Study of Educational Qualifications and Occupational Destinations, Oxford: Clarendon Press.
Müller, W. and Shavit, Y. (1998) From School to Work. A Comparative Study of Educational Qualifications and Occupational Destinations, Oxford: Clarendon Press.
Müller, W., et al. (1998) ‘Education and Labour-Market Entry in Germany’, in Müller, W. and Shavit, Y. (1998) From School to Work. A Comparative Study of Educational Qualifications and Occupational Destinations, Oxford: Clarendon Press.
OECD (2000) From Initial Education to Working Life, Paris: OECD.
Rosenbaum, J., and Binder. A. (1997) ‘Do Employers Really Need More Educated Youth?’, Sociology of Education, 70:68-85.
Rosenbaum, J., and Kariya T. (1991) ‘Do School Achievements Affect Early Jobs of High School Graduates in the United States and Japan?’, Sociology of Education, 64:78.