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Salud y competitividad.
Por: Tomás Yarrington
Tradicionalmente hablar de estrategias y programas de salud pública
es parte de la discusión en el área de política social, y rara vez
abordamos el tema como uno de los pilares de la competitividad
económica. Sin embargo, los niveles de inversión en salud de un país
y el estado de salud de su población tienen una influencia directa
en el desarrollo del capital humano y los niveles de productividad,
así como en el combate a la pobreza y el desarrollo económico y
social de largo plazo.
En la medida que la inversión en salud permite a la población
acceder a servicios médicos equitativos, eficientes y de buena
calidad, se alcanzará un “círculo virtuoso” mediante el cual se
logrará mejorar la competitividad de los individuos y de la sociedad
en su conjunto, para –posteriormente- avanzar hacia un mayor
desarrollo económico y humano.
Siguiendo los modelos económicos clásicos, la competitividad de un
país depende, entre otros factores, de tres recursos claves: las
personas, el capital y los recursos naturales, mismos que al
combinarse favorablemente aumentan el valor de los productos,
procesos y servicios. En el caso de los recursos humanos, insumos
como la salud y la educación juegan un papel preponderante para
alcanzar una mayor productividad y capacidad competitiva de un país.
Como elemento generador de riqueza nacional, el sistema de salud
está vinculado a las empresas privadas en un esquema de doble vía:
por una parte, el sistema de salud es productor de suministros, es
decir, entrega servicios de salud a la economía; por otra parte, es
generador de oportunidades de negocios, esto es, el sector salud es
también un sector donde se puede invertir y donde se genera un
número substancial de empleos.
Un país no puede aspirar al máximo nivel de crecimiento y
competitividad si su sistema de salud es ineficiente o está
subfinanciado. Por ejemplo, las empresas pierden competitividad
porque tienen que gastar ineficientemente en la atención de la salud
de los trabajadores y sus familias. Estas ineficiencias incluyen
típicamente:
-
Un costo excesivamente alto por servicios de salud, lo cual se
manifiesta en el doble o triple pago que realizan muchas familias
aseguradas en IMSSS o ISSSTE que utilizan, por conveniencia o
urgencia, servicios de salud privados devengado de su bolsillo o, en
ocasiones, las mismas empresas para el re-aseguramiento de su fuerza
laboral a través de seguros privados.
-
El ausentismo laboral por enfermedad del propio trabajador o de
su familia, o a causa del otorgamiento de incapacidades que no
corresponden al problema de salud presentado.
-
El valioso tiempo laboral perdido en la concertación y en la
espera de citas médicas.
Que la salud es fundamental para elevar la productividad de los
trabajadores, la competitividad de las empresas y el crecimiento de
las naciones no es una hipótesis, es un hecho ampliamente
documentado. En el plano internacional se cuenta con evidencia sobre
la estrecha relación que prevalece entre los niveles de salud de la
población y los alcances de infantes en la escuela, la productividad
laboral y el crecimiento económico.
Diferencias en la salud explican aproximadamente el 17% de la
variación en la productividad individual de los trabajadores entre
los países afiliados a la Organización Mundial de la Salud (OMS), lo
cual es un valor similar a lo que se atribuye a las diferencias en
productividad individual generadas por los niveles de educación e
inversión en infraestructura.
Un aumento en 10% de la esperanza de vida puede elevar en 0.4% el
crecimiento económico de una nación. Para ilustrar ese caso, debe
decirse que el crecimiento económico en Inglaterra entre 1900 y 2000
se debió en gran parte —aproximadamente 0.33% al año— a mejorías en
la nutrición y la salud de los trabajadores.
A nivel mundial, un aumento de un punto porcentual en la tasa de
sobrevida de adultos se traduce en un crecimiento de entre 1.7 y
2.8% en la productividad laboral; y un nivel nutricional inadecuado
de la población (por debajo de 2,770 calorías diarias por persona)
produce una pérdida de entre 0.23 y 4.7 puntos porcentuales del
crecimiento anual del PIB per cápita. Estudios recientes de la
organización mundial de la salud OMS reportan que los hombres que
sufren anemia son 20% menos productivos que los que tienen niveles
de nutrición adecuados.
¿Cuál es la situación en México? Para contestar esa pregunta basta
con analizar datos muy básicos: la esperanza de vida de los hombres
mexicanos es de 72.1 años, sin embargo, de ese total, sólo 63.3
serán años de vida saludable (AVISA). Debido a problemas de salud,
el mexicano promedio perderá 8.3 años de vida saludable y, de ese
total, 1.5 años serán perdidos precisamente en la mejor etapa
productiva, es decir, entre los 25 y los 55 años.
Lo anterior es muy serio si lo comparamos con naciones con las que
nos interesa competir o de las que somos socios comerciales. La vida
saludable de los coreanos es de 64.8 años, la de los estadounidenses
67.2, la de los españoles 69.9, de italianos 70.7 y de los japoneses
72.3. Todos ellos nos superan tanto en esperanza de vida total como
en esperanza de vida saludable y en esperanza de vida productiva.
Los mexicanos, en promedio, perderán por problemas de salud el 11.6%
de su vida saludable (el más alto entre países miembros de la OECD),
mientras los coreanos sólo perderán el 9.7% y los norteamericanos el
8.9%. La economía mexicana dispone de individuos que tendrán vidas
productivas seriamente restringidas y mermadas por deficiencias en
los sistemas de atención de salud pública.
Los 8.3 años de vida saludable que el mexicano promedio pierde y,
especialmente, los 1.5 años que se pierden en la etapa obvia de vida
productiva tiene un valor económico muy claro. Pongamos en la mesa
al trabajar típico afiliado al IMSS que gana en promedio 3 salarios
mínimos. Cada año de vida saludable (AVISA) que ese trabajador
pierde tiene un costo económico para él y para su familia de más de
5,400 dólares. Lo anterior quiere decir que a lo largo de una
generación (30 años), México dejará de generar sólo por pérdida de
años de vida saludable de su población en edad productiva y
considerando únicamente su base de 30 millones de empleos formales,
un total de 243 mil millones de dólares, esto es más de 10 veces los
ingresos generados anualmente por el petróleo y más de un tercio del
PIB anual. 243 mil millones de dólares es el costo que en una
generación pagamos por las ineficiencias que genera no brindar a los
trabajadores y empresas sistemas de salud accesibles y de calidad.
Ese ingreso perdido, esos años de vida productiva que los mexicanos
pierden por problemas de salud, representan un pilar esencial que
está ausente en nuestra ecuación del desarrollo nacional. México hoy
destina al gasto en salud pública apenas el 2.8% del PIB, cuando el
promedio en naciones con niveles de desarrollo comparable o
ligeramente superior es de 6%. Hasta sistemas de salud altamente
privatizados como el de los Estados Unidos destinan al gasto público
en salud el 6.6% del PIB.
Se puede argumentar que en México cada vez se opta más por esquemas
de salud privados, pero el gasto privado en salud (3.4% del PIB) si
bien es más alto que el promedio internacional de 2.4% no compensa
el déficit que se tiene en salud pública (por ejemplo, en España el
gasto privado en salud es de sólo 2.2%, pero el gasto público es de
5.4%, para un total de 7.6%, frente al total mexicano de 6.2%). Peor
aún, mucho del gasto privado en salud, hasta un tercio del total, es
en realidad gasto doble que tienen que realizar muchas empresas para
dar un seguro extra a quienes ya son afiliados de las instituciones
públicas, lo que duplica al carga sobre la base productiva de la
economía en general. Una inadecuada política de salud tiene ya
enormes costos económicos y de competitividad para el país.
Finalmente, al preguntarnos sobre los dilemas de la salud en México
y sus efectos económicos más claros, debemos referir que la
evidencia empírica muestra que el prepago por servicios de salud es
la forma más eficiente de financiar el sistema de salud de un país.
Sin embargo, en México se estima que hoy más de 55% de la población
carece de oportunidades accesibles para realizar prepagos en favor
de la protección de su salud.
Este grupo incluye a individuos que no trabajan y trabajadores no
formales e independientes. Esto genera que muchas familias tengan
que gastar excesivamente y de su bolsillo para la atención de la
salud en el momento de utilizar los servicios, y que entre 2 y 3
millones de familias al año sufran gastos catastróficos en salud que
exceden al 30 por ciento de sus ingresos disponibles, después de
satisfacer sus necesidades básicas. Los gastos catastróficos afectan
mayoritariamente a los hogares pobres. Se estima que 85% son hogares
no-asegurados que a la vez se concentran en los deciles más pobres.
Implica también que las familias tengan que estar dispuestas a
financiar en forma inmediata, no planeada e inesperada, altas sumas
de dinero para cuidar su salud, lo que implica un impacto en su
capacidad de ahorro de corto, mediano y largo plazo para alcanzar
otras necesidades como vivienda y educación.
Este segundo elemento de los dilemas de la política de salud en
México (el gasto repentino en atención médica) sirve para explicar
también la falta de capacidad de ahorro de las familias y su impacto
general en el nivel de ahorro interno, factor fundamental – de
nuevo- para el ciclo económico en general.
Salud y economía van de la mano, y en niveles de desarrollo como los
que México debe ahora alcanzar es fundamental sincronizar ambas
esferas. La política de salud será en adelante parte de la política
integral de crecimiento.
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