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¿Reformar por reformar?.
Por: Tomás Yarrington
En los últimos años se han intentado, sin éxito , por parte del
gobierno del Presidente Fox diversas reformas, que se designan como
estructurales, entre las más conocidas la fiscal, la energética y la
laboral.
El fracaso en la aprobación por parte del congreso de estas, se ha
transformado no sólo en la explicación favorita del pobre desempeño
que ha mostrado la economía en los últimos años, sino en factor para
presionar la realización de las reformas estructurales, ¡Reformas
ya! Pareciera ser la consigna.
Esta presión, sin duda interesada, conlleva un gran riesgo: reformar
por reformar.
México requiere, y con gran urgencia, reformas en ámbitos diversos
de la vida nacional, de las llamadas estructurales. Se arguye y es
válido, que sin reformas la economía nacional no podrá generar las
oportunidades de ingreso y bienestar a la velocidad requerida para
superar los rezagos sociales y la pobreza en que viven amplios
grupos sociales y regiones del país. Sobre este punto hay consenso.
Pero, cuidado, no se trata de cualquier reforma. El ejemplo de la
reforma recién aprobada en la cámara de diputados respecto al voto
de los mexicanos en el extranjero es un ejemplo de lo que no debería
suceder, convertir en reformas buenos deseos mal resueltos.
No se trata de eso. Se trata de realizar Las Reformas Necesarias,
siguiendo las ideas expresadas por el ministro José Ramón Cossio
Días, en la reciente reunión de la Asociación Nacional para la
Reforma del Estado encabezada por el propio presidente Fox.
En esa reunión, el ministro Cossio planteó lo que a su juicio es la
pregunta más importante respecto de la tarea reformadora: ¿Qué
debemos reformar? El mismo respondió que, todo aquello que sea
necesario. Esta aseveración que podría sonar obvia, es fundamental,
pues exige reflexionar sobre lo que constituye la esencia de
cualquier reforma: ¿por qué? y ¿para qué se necesita la reforma?,
esto obliga a centrar la atención en los objetivos que se
pretenderían alcanzar con la reforma y obliga también a hacer
explícito el diagnóstico que justifican dichos objetivos. En
palabras del ministro, responder a la pregunta ¿necesario para qué?
exige la identificación de los grandes problemas que determinan las
necesidades de reforma.
La identificación de los grandes problemas sólo puede surgir del
análisis, crítico y riguroso, de las condiciones políticas y
económicas presentes, que en el México de hoy, son las derivadas de
una sociedad plural, con preferencias electorales fragmentadas, en
la cual ninguna formación política puede decidir por sí misma los
detalles de las reformas requeridas, y de una economía, fuertemente
vinculada a la de EUA, incapaz de alcanzar un desempeño
satisfactorio ante un contexto internacional inestable, mas
competido y de menor dinamismo que el observado en los 90.
Lo anterior de manera sintética expresa lo que generalmente señala
como las dos características esenciales que definen nuestra realidad
política y económica presente. De ella se puede inferir los desafíos
que hacen necesarias diversas reformas. Así, la diversidad política
que permea en las instituciones del Estado obliga a reformar dichas
instituciones para que estas, en la pluralidad, puedan atender los
grandes problemas del país, o como lo señaló el ex presidente del
IFE, J. Woldenberg, en un foro sobre la reforma del estado
organizado por la Cámara de Diputados y la UNAM, para lograr que la
pluralidad sea productiva.
Por su parte, las condiciones de la economía internacional menos
favorables como la persistencia de inestabilidad financiera, la
mayor competencia y un menor dinamismo que el observado en los 90, y
la incapacidad de la economía nacional para crecer más rápido ante
dicho contexto externo, plantea el reto de impulsar reformas para
hacer viable un crecimiento económico más dinámico, de suerte tal
que sea posible superar, en plazos razonables, los rezagos y las
condiciones de pobreza en que viven amplias regiones del país y
grupos de mexicanos.
Ahora bien, si la pluralidad plantea el reto de reformar las
instituciones de gobierno, para que estas sean capaces, en la
pluralidad, de atender los inmensos problemas del país y si las
condiciones económicas externas e internas hacen urgente definir los
cambios necesarios para lograr un desempeño económico más
satisfactorio, surge una nueva pregunta.
¿Ante tarea tan compleja, por dónde empezar?
A mi juicio el esfuerzo reformador, si bien implica, incluye muchas
tareas que pueden realizarse de manera simultánea o concurrentes,
debe iniciar por atender el desafío de la pluralidad, esto es con la
reflexión sobre puesta al día de las instituciones de gobierno, para
que la pluralidad sea productiva, pues serán estas instituciones,
renovadas, las que logren o no enfrentar el desafío de reformar la
economía y superar rezagos y pobreza.
Al respecto, y contrario a quienes ante el desafío de la pluralidad
priorizan la revisión de los mecanismos para el funcionamiento de
los poderes ejecutivo y legislativo federales y en particular formas
para asegurar “mayorías estables en el legislativo, que acompañe y
apoye la gestión presidencial” como lo expresó el ex presidente del
IFE en el foro ya mencionado, me parece que la revisión
institucional que México requiere hoy, debe empezar por la puesta en
día de nuestro pacto federal.
La consolidación del Estado Mexicano, desde el Porfiriato y luego en
el período posrevolucionario, llevó a un creciente fortalecimiento
de los poderes federales a costa de los estados y los municipios.
Este desequilibrio se refiere no sólo a la hipertrofia que llegó a
tener el papel del Ejecutivo Federal, es innegable que el Congreso
de la Unión también en este lapso fue asumiendo responsabilidades
que competen al órgano interno de los Estados. Y esta hipertrofia de
los poderes federales a costa de los estatales y municipales, que
pudo ser funcional en una economía cerrada, en un contexto económico
mundial más estable y con mercados financieros menos abiertos, en un
México menos plural, ha dejado de serlo en las condiciones políticas
y económicas del presente.
Una sociedad más plural, más activa, demanda canales más idóneos de
participación en los asuntos públicos que le atañen. De igual
manera, los procesos de globalización que se viven en el mundo
exigen estructuras de gobierno más ágiles, más flexibles, mejor
informadas que nos permitan una participación más provechosa en
dichos procesos. Todo ello hace inaplazable la puesta al día de
nuestra organización federal y ello implica la redistribución de
funciones, de responsabilidades y recursos entre niveles de
gobierno, para que cada nivel sea más capaz de cumplir los fines que
la sociedad le asigna al gobierno, ya sea seguridad de sus
ciudadanos, o promover mejores condiciones de desarrollo social y
económico, en aras del bienestar y prosperidad de los mismos.
El objetivo de esta reforma debería ser asignar a cada nivel la
responsabilidad más idónea de acuerdo a su naturaleza, para así
mejorar el desempeño de las partes y del conjunto.
A partir de esta primer tarea, se deberían abordar las reformas
necesarias para hacer más eficaz cada poder en cada nivel de
gobierno, empezando por el federal. Es innegable que en este nivel
de gobierno se requieren reformas en los tres poderes; sin embargo,
debemos ser cautos, no es posible importar acríticamente formas de
otros sistemas políticos; cada institución, como obra humana que es,
producto de una realidad social y política específica tiene una
historia particular única y por lo tanto no necesariamente es
transportable a realidades con diferente biografía. Me parece que un
proceso de reforma con mayor potencial de éxito, debe revisar
críticamente las instituciones existentes y a partir de dicho
análisis identificar los cambios necesarios que induzcan un mejor
funcionamiento de las mismas. En este proceso, el foco de la
discusión, debería ser, cómo mejorar la calidad de las decisiones en
cada poder y la transparencia de las mismas. A mi juicio esta tarea
debe comenzar por las instituciones de justicia, tanto las de
procuración como de administración. Y en el Congreso, por revisar lo
relativo al proceso presupuestario. Estas reformas pueden ir en
paralelo con la construcción de las reformas necesarias para lograr
un desempeño económico más satisfactorio.
Ahora bien, respecto a estas reformas es preciso reconocer que
México no tiene más opción que crecer y crecer a tasas del orden del
7% o más. Los enormes rezagos sociales y de infraestructura del país
obligan a ello. Sin embargo, en un contexto económico externo más
adverso, que no podemos modificar de manera significativa somos un
jugador pequeño en una economía global, nuestro margen de acción se
encuentra en el ámbito interno, es decir las reformas deben ir
orientadas a resolver las debilidades internas de la economía, a
remover los obstáculos que nos impiden crecer más rápido.
Es ahí a donde debemos mirar para identificar las reformas
necesarias.
Estas debilidades internas se han hecho evidentes dramáticamente en
los últimos años, a partir de la desaceleración de la locomotora
americana en 2001 y su incierta recuperación, situación que fue
transmitida de manera instantánea y amplificada a nuestro país. Este
cambio de condiciones externas mostró la profundidad de la
vinculación de nuestra economía a la americana, hecho
insuficientemente estudiado tanto por el gobierno como por la
academia. El cambio en las condiciones de la economía internacional
evidenció algo aun más grave: la impotencia de la acción pública
para hacer mantener un buen desempeño económico interno frente al
deterioro del internacional.
Esta impotencia tiene su origen en la debilidad de los instrumentos
de la política económica y en especial en las limitaciones del
sistema tributario. Es un hecho ampliamente aceptado que la
recaudación del sistema tributario actual es insuficiente para
financiar las necesidades de gasto público de un país, de la
población y nivel de desarrollo como México. Ello impide mayor
inversión pública en infraestructura. Impide también, dado la
elevada contribución fiscal que deben realizar PEMEX y la CFE para
suplir la deficiente recaudación tributaria, mayor inversión en
energía. Las necesidades de inversión en estos campos
--infraestructura y energía-- son de tal magnitud, que una reforma
fiscal que resuelva las limitaciones ya mencionadas haría posible
imprimir mayor dinamismo a la inversión pública en estas dos áreas,
lo cual por si sola significaría un aliento extraordinario para la
inversión privada y para el crecimiento.
En este contexto, la reforma fundamental para recuperar nuestra
capacidad de crecimiento es la reforma fiscal; sólo a partir de una
reforma que resuelva las insuficiencias del actual sistema pondrá
fortalecer los instrumentos de política económica y la capacidad del
gobierno para cumplir sus responsabilidades en un contexto
internacional adverso y de creciente desigualdad.
Por lo mismo esta reforma debe ser integral y a fondo. Integral en
cuanto a que debe incluir propuestas de solución a cada uno de los
distintos aspectos del reto fiscal2. A fondo, en el sentido de que
las soluciones a varios aspectos del reto fiscal sólo pueden ser
construidas satisfactoriamente a través de una reforma
constitucional.
Por ejemplo, las bases para una nueva relación y coordinación fiscal
entre los distintos niveles de gobierno, así como las reglas para el
nuevo tratamiento fiscal de los hidrocarburos, por su naturaleza y
jerarquía, deberían necesariamente quedar plasmadas en nuestra carta
magna.
De igual manera, las nuevas normas para regular el proceso
presupuestario, que suplan a las actuales, --algunas de ellas
originadas en la Constitución Política de 1857--, ya resultan
obsoletas ante la complejidad del proceso presupuestario moderno e
insuficiente ante la nueva pluralidad política.
La problemática fiscal mencionada implica, en suma, que el gobierno
carece de la posibilidad de utilizar uno de los instrumentos más
potentes de política económica, para inducir un mejor comportamiento
de la economía nacional, sin considerar que la insuficiente
inversión y gasto público significa también incapacidad para
destinar más recursos para mejorar nuestra competitividad (en áreas
como la calidad de la educación, de la salud, de la infraestructura,
de la mejor seguridad pública, y de manera muy destacada de la
energía). Las insuficiencias del sistema fiscal además han obligado
a usar políticas monetarias más restrictivas, con lo cual se agrava
el ciclo. A la anterior debilidad del instrumento fiscal hay que
agregar el hecho de que diversos instrumentos de fomento económico,
usados en décadas anteriores, fueron desmantelados como parte del
proceso de integración de México a la economía global, sin que hayan
sido reemplazados por nuevos instrumentos, adecuados a la nueva
realidad de nuestra economía.
En suma, las condiciones actuales de la economía global, la buena
marcha de la economía nacional requiere construir una reforma fiscal
integral, que atienda todos los elementos del reto fiscal, y a
fondo, en el sentido de requerir que las bases del nuevo sistema
queden plasmadas en la constitución.
Las consideraciones anteriores permiten establecer algunas
conclusiones iniciales en cuanto al tipo de reformas que deben
impulsarse en las actuales condiciones políticas y económicas si
deseamos alcanzar mejores condiciones de bienestar y seguridad, si
deseamos construir un futuro menos incierto e insatisfactorio.
Las reformas necesarias, urgentes, son aquellas que hagan posible:
- Que la mayor pluralidad política que permean las instituciones de
gobierno sea productiva y ello requiere.
A. Fortalecer el pacto federal para revertir los actuales
desequilibrios existentes en la distribución de atribuciones y
recursos entre niveles de gobierno para potenciar el aporte de los
estados y sus municipios al desarrollo nacional.
B. Mejorar el desempeño de cada poder en cada nivel de gobierno,
iniciando este proceso por nivel federal.
- Que ante un contexto externo menos favorable que la década de los
90, la economía puede crecer a tasas del 7 por ciento o más, y ello
plantea como tarea prioritaria.
C. Una reforma fiscal integral y a fondo y fortalecer los
instrumentos de la política de fomento,
D. Fortalecer los motores internos del crecimiento, es decir la
inversión pública y privada, y mayor dinamismo del consumo nacional,
a partir de mejorar la competitividad de nuestro aparato productivo
para atender el potencial que significa el mercado interno.
Cabe precisar, que fortalecer los motores internos del crecimiento
no implica volver a esquemas proteccionistas, lo cual no es
factible, ni deseable. Implica si, la reactivación, la capacidad
pública y privada de realizar y sostener mayores niveles de
inversión, significa potenciar el dinamismo del consumo de los
mexicanos, implica convencernos que los mercados no se regalan, y
que el mercado asociado a la satisfacción de las necesidades de más
de 100 millones de mexicanos, - mercado potencialmente de gran
tamaño- debe ser una palanca fortalecida de nuestro desarrollo, que
exige desarrollar la capacidad del aparato productivo nacional para
aprovechar el dinamismo de este mercado y el resultante del comercio
exterior, que estamos perdiendo ante China y otros países.
El hecho que la reforma más urgente en el ámbito de la economía sea
la fiscal refuerza la necesidad de revisar la distribución de
atribuciones y responsabilidades entre niveles de gobierno según
apuntamos antes. No tiene sentido discutir modificaciones
específicas a las figuras impositivas nacionales (ISR, IVA, IEPS)
sin tener una definición sobre qué obligaciones de gasto
corresponden a cada nivel de gobierno y qué facultades tendrían para
financiar tales responsabilidades.
Las anteriores consideraciones ofrecen una base objetiva para
identificar las reformas que son necesarias y para delimitar los
objetivos que deben animar a dichas reformas.
También nos muestran que las reformas son urgentes; pero debe quedar
claro que la urgencia no debe impedir ir al fondo de los problemas.
Los tiempos de reformas parciales o mal diseñadas no lograrían
mejorar la competitividad, ni el desempeño la economía nacional de
manera sustancial o permanente, o sus logros de haberlos, serían
escasos y financieros.
Finalmente, cabe destacar que el esfuerzo reformador exige desechar
la tesis que postula el gobierno del presidente Fox, que condena
genéricamente lo hecho en el pasado por otros gobiernos. Tal actitud
además de una lectura distorsionada de la realidad constituye un
obstáculo para el proceso de construcción de mayorías legislativas,
necesarias para hacer realidad las reformas requeridas.
Más cercano a la realidad y más sano es reconocer que las reformas
son necesarias porque el mundo ha cambiado, porque la sociedad
mexicana ha cambiado, porque diversas instituciones y normas
fundamentales para la convivencia nacional y el buen desempeño de la
economía ya no funcionan porque fueron diseñadas para una sociedad y
una economía diferentes a las actuales, porque además éstas
instituciones y normas muestran las distorsiones y el agotamiento
producido por el tiempo y el desgaste asociados a la inflación y a
las crisis económicas vividas y superadas en los últimos 25 años. Y
que en consecuencia, dichas resultan ya insuficientes ante nuevas
realidades, e impotentes para enfrentar los retos que la sociedad,
la economía y la política actuales plantean.
La tarea es enorme y exige del gobierno y de las Cámaras la
determinación de abocarse con rigor analítico, con seriedad, con
responsabilidad política a construir las reformas necesarias, sin
prisa pero sin pausa.
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